La inocencia y la culpa en las sociedades democráticas
El "caso Eatherly" como piedra de toque
El caso Eatherly no constituye solamente una terrible e infinita injusticia hacia un individuo, sino que simboliza también el delirio suicida de nuestra época (Bertrand Russell).
Vivimos en una época en la que la bondad es considerada una ingenuidad; la integridad, una estupidez; la compasión, una debilidad; el amor al prójimo, un signo de demencia. Estas virtudes solo gozan de un reconocimiento formal; en la práctica cotidiana ya no se las toma en serio (…) Si alguien habla de moral se le considera un presuntuoso, un hipócrita o, en el mejor de los casos, un anticuado (Robert Jungk).
A lo largo de casi toda la historia de la humanidad el llamado “pueblo llano” ha vivido en la ignorancia de cuanto desbordaba los márgenes de su comunidad, y solo en medida ínfima, en el mejor de los casos, ha dispuesto de la capacidad de influir en eventos como los que hoy en día estremecen al mundo. Para poder implicarse en decisiones morales de carácter supraindividual son necesarios al menos dos factores: información y un grado razonable de libertad. Ambos se dan, en desigual medida, en las sociedades democráticas, lo que convierte a cada individuo en sujeto moral en una dimensión más amplia y con un grado de complejidad superior al que pudiera enfrentarse cualquiera de sus antepasados. Es parte del precio que hay que pagar por la seguridad, la libertad y el bienestar de los que centenares de generaciones de seres humanos nunca disfrutaron. El siervo de la gleba que hubiera vivido en tiempos de la Guerra de los Cien Años carecía de la menor capacidad de intervención política en aquel sangriento conflicto dinástico. Hoy la situación es radicalmente diferente: todo aquel que aparece en un censo puede pronunciarse sobre lo que su gobierno debe hacer en una situación similarmente dramática. El siervo de la gleba era inocente. ¿Lo es el ciudadano miembro de una sociedad democrática contemporánea?
A semejante pregunta no puede responderse de manera simplista. No toda la información de que ese ciudadano puede disponer es totalmente fiable, moralmente limpia. Intereses económicos con evidente -y extraordinaria- repercusión política condicionan los mensajes que cada cual recibe. Subrayo ese “cada cual”, porque “cada cual” puede elegir, y de hecho elige sus fuentes. Es fácil decantarse por lo tranquilizador y dejar a un lado lo que desazona, lo que exige un compromiso; hay que comprenderlo, pero ¿justificarlo? ¿Es esta una conducta inocente, moralmente irreprochable?
Y luego llega el momento de “poner el voto en la urna”, frase coloquial para describir el acto de elegir un programa de gobierno que, de ese modo, será apoyado por quien ha realizado ese acto de libertad; es decir, por quien aprueba moralmente la manera de proceder de la opción elegida. En ese momento desaparece la inocencia, aunque eso no signifique, automáticamente, que se instaure la culpa, sobre todo porque la culpabilidad que de verdad importa no es la que alguien atribuye a otro, sino el sentimiento que debería experimentar quien procede mal. Pero esto último, la contrición de la que habla el cristianismo, advirtiendo que es lo único que conduciría al auténtico y valioso cambio de conducta, es un bien escaso, sobre todo cuando uno puede alegar ignorancia o inconsciencia ante su propio tribunal, aunque este alegato resulte cada vez más endeble cunado previamente se ha elegido, de manera deliberada, el consumo de estupefacientes de la conciencia moral.
Vivimos un momento especialmente convulso. En lo que podríamos denominar nuestra esfera de interés contemplamos conflictos bélicos en las que se están sobrepasando todos los controles establecidos con empeño por las sociedades surgidas de las dos Guerras Mundiales. El pueblo que hace menos de un siglo fue víctima de un genocidio es ahora autor de otro ante la pasividad de una gran multitud, aunque, afortunadamente, sin poder contar, esta vez, con el silencio cómplice de otra. El supuesto garante del orden democrático ha mostrado, por fin, su auténtica faz de depredador, y su enemigo tradicional, que nunca ha sido ejemplar, lleva años ensañándose en vano con un vecino que le resulta incómodo. Y fuera de lo que he llamado nuestra esfera de interés está todo aquello que no nos interesa, sobre lo que, en consecuencia, se nos informa poco y mal: África, fundamentalmente, donde también se está derramando mucha sangre, a menudo también de forma genocida. Parece, pues, momento de reflexionar sobre la inocencia y la culpa de cada uno de nosotros, y tal vez resulte esclarecedor hacerlo a partir de un caso concreto: el “caso Eatherly”.
Claude Eatherly, Günther Anders y nosotros.
En 1953 un desconocido intentó cobrar un cheque falso en una oficina bancaria. Al tratarse de un delito menor no fue encarcelado. Poco tiempo después atracó otra sucursal en Dallas sin llevarse un solo dólar. Su intención, como luego se supo, era hacerse castigar… para mitigar un sentimiento de culpa que no le permitía vivir en paz consigo mismo y que le había llevado en 1950 a una tentativa de suicidio con somníferos. El protagonista de esas extrañas tentativas era Claude Eatherly, el comandante que en 1945 había pilotado sobre Hiroshima el avión de reconocimiento desde el que a través de la radio lanzó el go ahead a sus camaradas del Enola Gay, el bombardero encargado de dejar caer la primera bomba atómica sobre Japón. Después de un segundo proceso judicial el Ejército de Estados Unidos se hizo cargo de su persona, al ser diagnosticado de lo que hoy llamaríamos síndrome de estrés postraumático, categoría nosográfica inexistente en aquel entonces. Su caso llamó la atención de Günther Anders, un filósofo especialista en ética, que le solicitó mantener una correspondencia relativa a su conflicto moral.
Günther Stern había nacido en Breslavia, entonces perteneciente a Alemania, de familia judía. Cuando el nazismo empezó a ganar presencia en la sociedad dejó de firmar sus artículos periodísticos con su apellido, haciéndolo en adelante con su seudónimo, que luego adoptaría como definitivo. En 1933, con la llegada de Hitler al poder, abandonó Berlín, afincándose en Estados Unidos. La aparición del arma nuclear y su desarrollo ulterior en posguerra, particularmente en su país de adopción, determinaron el rumbo de su reflexión en las primeras etapas de la Guerra Fría. La historia de Claude Eatherly, que conoció a través de la prensa, le pareció ejemplar por trasladar a lo concreto, lo más íntimamente humano, el problema moral suscitado por la aparición de esa primera arma de destrucción masiva.
Nada puede sustituir a la lectura del libro resultante de esa correspondencia pero, dado que el libro que la recoge no es un best seller susceptible de ser encontrado en cualquier librería y que debería volver a estar de actualidad en un momento como el presente, parece oportuno entresacar al menos algunas citas de esa comprometida interlocución entre dos personas con conciencia, especialmente cuando esta última se vio tratada del modo que el filósofo señala:
Los tormentos de su conciencia son despachados como fenómenos patológicos; su sensibilidad, que lo distingue de aquellos de sus semejantes que van viviendo despreocupadamente, es interpretada como “insensibilidad”. Esas ideas fijas desaparecerán [suponen aquellos] con choques insulínicos.
En mi juventud se hablaba profusamente de la utilización perversa de la psiquiatría en la Rusia soviética, donde los disidentes y los opositores al régimen con alguna relevancia social eran tratados como enfermos mentales y encerrados en instituciones psiquiátricas. Más tarde, como historiador de la medicina, leí lo más notable de lo que se publicaba sobre la “medicalización”, especialmente de problemas psicológicos que serían susceptibles de ser tratados sin medicamentos -con psicoterapia, con mejora de las condiciones sociales o laborales…-, pero también de determinadas conductas individuales poco aceptadas socialmente. Incluso hoy en día se escuchan propuestas sobre la “curación” de la homosexualidad, por poner un ejemplo bien conocido. En lo que concierne a la utilización política de la psiquiatría, también hemos ido conociendo que no ha sido, ni probablemente es excepcional en el llamado “mundo libre”. Al final de este artículo figuran algunas referencias bien contrastadas al respecto que, si bien marcan, con su mera existencia, una diferencia clara con el marco represivo soviético, no dejan de llamar la atención por las características de la editoriales decididas a su publicación.
El sufrimiento de Claude Eatherly fue medicalizado, al comienzo de manera provisional, esperando su “curación”, pero ese expediente se mostró totalmente ineficaz. Desde nuestro punto de vista, lo único que pudo colaborar a sus ocasionales mejorías fue la correspondencia con Anders, aunque tal vez esta pudo llegar a ser el detonante de su confinamiento definitivo en un hospital militar de Waco hasta su fallecimiento por cáncer. La culpa experimentada por el piloto no le hacía daño solo a él, desde el momento en que la exponía públicamente. De poder ser considerado un héroe pasaba a la condición de paria. La defensa más inmediata fue la descalificación: el señor Eatherly se hace el mártir. Pero el filósofo tenía una respuesta para este torpe expediente:
Los verdaderos mártires siempre han sido hechos por otros, y lo mismo ocurre hoy: por aquellos que, por ceguera y falta de imaginación, intentan ahogar la voz de la verdad (…) De ahí que se limiten a criticar su reacción a ese hecho [el lanzamiento de la bomba], en vez de criticar el hecho mismo (o el mundo en el que un hecho así fue posible); de ahí que se vean obligados a determinar su sufrimiento y su esperanza de expiar su culpa como una “enfermedad”. Usted, aunque fracase en el intento, hace todo lo humanamente posible. Intenta seguir viviendo como el que ha hecho lo que ha hecho.
La correspondencia con Anders, nada complaciente, como puede verse, representó sin duda un consuelo. “La culpa es de sus superiores, o de los políticos”, “no es para tanto” o “la guerra es la guerra” no son banalidades que figuren en las cartas del filósofo. “Usted asume su parte de culpa y eso es lo que le hace un ser humano noble y un ejemplo para todos nosotros” es lo que, sin expresarlo de manera tan explícita, sostiene a lo largo de toda su relación epistolar y lo que permite a Eatherly sentirse comprendido y respetado por primera vez. Y la posibilidad de considerarse útil, y en parte redimido por esa correspondencia, se muestra con claridad meridiana en una de sus comunicaciones:
Siempre me pareció que el verdadero culpable del asesinato legal de Jesucristo fue el sumo sacerdote Caifás, el representante de la gente respetable y buena, en un sentido convencional, de todas las épocas, también de la nuestra. Aunque a esta gente no se le pueda reprochar lo mismo que a Judas, también ella es culpable, pero en un sentido más sutil y profundo. Es precisamente esto lo que hace tan difícil que la sociedad comprenda el sentido de mi culpa, que yo reconozco desde hace ya mucho tiempo. La verdad es que la sociedad no puede aceptar mi culpa sin reconocer simultáneamente en sí misma una culpa mucho mayor.
Hablar desde la culpa a los que se refugian en la falsa ignorancia, en la negación: esa puede y debe ser la tarea de quien no puede huir de su conciencia. Un idealismo juvenil, también en lo que de ingenuo tiene, se manifiesta en algunas de sus propuestas, como esta:
Me gustaría hacerle un par de preguntas. ¿Podemos confiar en los físicos? Quiero decir: ¿cree usted que estos estarían dispuestos a suspender temporalmente su labor, desarmando de este modo a los poderes políticos y militares?
A lo que responde, desde el mundo real, Günther Anders:
Ciertamente, algunos podrían estar dispuestos a hacerlo (…) pero siempre habríamos de vérnoslas con otros que son incapaces de concienciarse de los efectos reales de su actividad o reacios a ello (…) Los científicos también son “gente corriente”, y la mayoría de las veces su fuerza moral no es superior a la de los demás: gente a la que la opinión pública envuelve, anima o debilita. De ahí que sea igual de importante, o incluso más, transformar radicalmente esta atmósfera, la mentalidad de todos, la opinión pública [hasta que] los físicos que sigan poniendo la investigación científica al servicio de fines militares, acaben sintiéndose rodeados por un mundo hostil a ellos, por un mundo que los considere enemigos, detractores y posibles destructores.
No parece que algo así se haya conseguido. Más bien da la impresión de que, a pesar de los esfuerzos de muchos, recorremos el camino inverso. Günther Anders, aunque sin dejar de luchar, no se hacía muchas ilusiones:
Como hemos de vérnoslas con personas reales, y no con figuras ideales, es nuestra tarea crear una situación en la que incluso las personas sin moralidad y sin imaginación suficiente para representarse los efectos de sus acciones, obren como si lo hiciesen llevados por razones morales o por el amor a la humanidad y a todo cuanto vive.
En todo caso no sería Claude Eatherly la persona capaz de llevar a cabo esa revolución. Precisamente por lo que su actitud moral tenía de revolucionario, unida al momentáneo interés despertado por la correspondencia con el filósofo y la atención prestada por algunos medios de comunicación, el destino del piloto de Hiroshima estaba decidido:
Según me ha explicado [mi médico], en estos momentos la opinión pública está demasiado interesada en mi caso y la publicidad que se le ha dado es demasiado grande para que puedan darme el alta ahora (…) Creo que casi todos los periódicos de Japón se han hecho eco de mi historia. Estoy convencido de que este es el motivo de que me retengan en Waco. Mi médico también piensa que esta es una de las razones.
Y en Waco, como ya señalé, acabó su vida muchos años después. Valga como epitafio esta frase de Robert Jungk:
¡Cuán leve es, en realidad, el “caso Eatherly” comparado con el “caso Estados Unidos”, mucho más grave en razón de su carácter inconfesado!
Bibliografía sucinta
Claude Eatherly & Günter Anders. Burning Conscience: The Case of the Hiroshima Pilot Claude Eatherly. Monthly Review Press, 1962. Traducción española: El piloto de Hiroshima. Más allá de los límites de la conciencia. Paidós, 2012.
Don Gillmor. I Swear by Apollo. Dr. Ewen Cameron and the CIA Brainwashing Experiments. Eden Press, 1987.
John Marks. The Search for the Manchurian Candidate. The CIA & the Mind Control. W.W. Norton & Co., 1979. Traducción española: En busca del candidato de Manchuria. La CIA y el control mental. Historia secreta de sus investigaciones con LSD para la modificación de la conducta. Valdemar, 2007.
Colin A. Ross. The CIA Doctors. Human Rights Violations by American Psychiatrists. Manitou Communications, 2006.
Gordon Thomas. Journey into Madness: The True Story of Secret CIA Mind Control and Medical Abuse. 1989. Bantam Books. Traducción española: Las torturas mentales de la CIA. Ediciones B, 2006.
Eileen Welsome. The Plutonium Files. America’s Secret Medical Experiments in the Cold War. The Dial Press, 1999. Traducción española: Cobayas atómicos. Los experimentos radiactivos con humanos que ocultó Estados Unidos. Luciérnaga, 2019.
Las citas de Bertrand Russell y Robert Jungk pertenecen, respectivamente, al “Prefacio” y a la “Introducción” de la edición de la correspondencia.
